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martes, 11 de mayo de 2010

Nueve vidas


Nueve vidas de mujer. Nueve episodios anecdóticos que se acaban entrecruzando para darnos a entender que todos formamos parte de una unidad.
Una presidiaria, una mujer embarazada que se tropieza con un antiguo amor en el súper, una joven de prometedor futuro pero que debe resignarse a cuidar de su padre inválido, una esposa que harta de su insatisfactorio matrimonio se plantea engañar a su marido, una viuda y su hija pequeña, una enferma de cáncer de mama a punto de ser operada... son algunos de los personajes que desfilan a lo largo de esta película pequeña pero que habla de grandes cosas, alternando las alegrías y tristezas que constituyen el sempiterno fluir de la vida.

Lo mejor:
- El episodio del súper.
- Grandes interpretaciones.
- La variedad de las relaciones personales presentadas.
- Comprobar que con pocos recursos todavía pueden rodarse grandes películas (bueno, ésta es del 2005, mucho han cambiado las cosas recientemente).
- La cámara en los planos continuos.
- La sensación de curiosidad que invade al espectador al abordar cada nueva escena por lo que respecta a lo que va a averiguar de los personajes.

Lo peor:
- La artificialidad de algunos episodios.

Para más información, clickar aquí.

miércoles, 8 de julio de 2009

Hacia rutas salvajes, de Jon Krakauer


Hace un par de años Sean Penn dirigió Into the Wild (Hacia rutas salvajes), una película centrada en la vida y muerte de Christopher Johnson McCandless, un joven de 24 años que, una vez finalizada su carrera universitaria se embarcó en una solitaria aventura recorriendo Estados Unidos haciendo autostop, con su último objetivo puesto en las agrestes tierras de Alaska, donde pretendía sobrevivir sólo con lo que la naturaleza le proveyera.
Cautivado por aquella cinta sobre la que ya expresé alguna que otra opinión en su momento en este mismo blog, me hice con una copia del libro, de homónimo título y escrito por Jon Krakauer, que le sirvió de inspiración.
Hacia rutas salvajes, editado aquí por Ediciones B en su colección Zeta Bolsillo, es un intento de reconstrucción tanto de la figura de Chris como de los motivos que le llevaron a hacer lo que hizo fruto de la documentada investigación de Jon Krakauer, alpinista y colaborador de la revista Outside, en cuyas páginas publicó un reportaje sobre la muerte de Chris al poco de descubrirse su cadáver. Dicho artículo generó una respuesta del público como nunca antes se había visto en la historia de la revista, llegando a la redacción de la publicación numerosas cartas cuyos puntos de vista se movían entre la admiración y la condena.
Jon inmediatamente se sintió identificado con Chris en determinados aspectos de su vida y forma de pensar, hasta el punto de desarrollar una obsesión que le llevó a investigar los pormenores del que había sido su viaje desde el mismo instante en que se graduó en la universidad de Atlanta, en el verano de 1990, y su muerte dos años después por inanición al borde de la Senda de la Estampida, una ruta muy poco frecuentada que serpentea a través de los valles próximos a la Cordillera Exterior de Alaska. De hecho dos de los capítulos del libro narran un acontecimiento de vital importancia para Krakauer que sirve para explicar al lector el origen de su fascinación por McCandless.
El libro parte de los testimonios de las personas con las que Chris trabó amistad en su vagabundeo por diversos estados, así como de su familia, y por lo que a los hechos objetivos en torno a la vida del joven debe decirse que la película es muy fiel a lo que nos cuenta el libro.
De todas formas de la obra de Krakauer se deduce un aspecto de obligada aparición para cualquiera que en un momento u otro haya sentido fascinación o cuanto menos curiosidad por el joven McCandless: ¿A qué obedecía su razón de ser? La pregunta, en sí misma, ya es un síntoma revelador de la racionalidad que envuelve nuestras tristes vidas. ¿Qué lleva a una persona a romper todos sus vínculos familiares y de amistad? ¿Qué encuentra tan fascinante en la Naturaleza como para llevarle a tomar la decisión de echarse a la carretera? ¿Por qué abandonar las comodidades del primer mundo, aunque éstas tan sólo cubran las necesidades básicas? ¿Cómo entender un radicalismo donde hasta el dinero es concebido como un obstáculo que es preciso destruir? ¿Por qué dejar de lado la precaución en una aventura de semejante calibre?
No es de extrañar que a Chris se le tachara de irresponsable, cuando no de loco o suicida, calificativos con los que Jon Krakauer disiente profundamente y que trata de rebatir en su obra a partir de un estudio comparativo con otras figuras similares, ya sea contemporáneas como pasadas, y en el que también tienen cabida argumentos de amplio espectro, ya sea de carácter psicológico como antropológico, abordando de paso la imagen que el norteamericano ha tenido, históricamente, de la frontera. Todo con tal de proporcionar una imagen quizás a más acorde a lo que en verdad debió ser la realidad y que, a mi modo de ver las cosas, se encuentra en gran parte ausente en la película, lo cual explicaría muchas opiniones de espectadores que oí y leí entonces en las que se atacaba el para ellos reprobable proceder de Chris, que no diferían, a grandes rasgos, de las que desencadenó la publicación del reportaje original en la revista Outside.
El libro, por tanto, proporciona una visión de Chris mucho más compleja que la película, no exenta del componente emotivo que ésta tenía (de hecho, en la obra de Krakauer los padres de aquél tienen un mayor protagonismo).
Me atrevo a decir que la lectura de Hacia rutas salvajes es un proceso envuelto en una evidente fatalidad que viene dada al conocer de antemano la muerte del joven McCandless, sensación que es aun más terrible habida cuenta de la excepcional personalidad de la que hacía gala el muchacho.
Una lectura sobre un tema a priori desconcertante que a medida que se desarrolla puede convertirse en apasionante aun en su crudeza. Una mirada al abismo, sobre vuestra cuenta y riesgo.

jueves, 19 de febrero de 2009

Beautiful girls


Aquí, mi debilidad. Esa película que parece que hicieron para mí. Amor al primer visionado. Y paradójicamente estamos hablando de una comedia romántica (umm, no tengo muy claro que sea correcto etiquetarla como tal) que precisamente es un género que me interesa más bien poco.
Pero Beautiful Girls es una de esas escasas excepciones que nunca me canso de ver, una y otra vez (ayer la echaban por la tele), como bálsamo ante los problemas que plantea el día a día. Un bálsamo atípico dentro de lo que son mis circunstancias y filias habituales (ahora mismo pienso en Once, otra comedia romántica de final poco convencional, o en On the Edge, protagonizada por dos suicidas que descubren el amor en un psiquiátrico).
Beautiful Girls es el retorno al hogar, un hogar roto por la muerte de una madre. Es afrontar la madurez, con todas las responsibilidades y el dolor que ello reporta. Es aprender a pisar con firmeza, con decisión, en un terreno hasta entonces desconocido y temido. Son todas esas mujeres increíbles, enormes, de las que no puedes sino enamorarte perdidamente. Es la amistad como realmente la entiendo y como creo que debería ser entendida. Es amor, y es desengaño. Es, en definitiva, cantar Sweet Caroline en un bar con un chupito de güisqui en la mano y un frío del cagarse en la calle.

domingo, 21 de diciembre de 2008

Reducción y decepción

Algun@s de vosotr@s ya estaréis al día del trabajo de traducción que realizo en este momento, en algunas de mis horas muertas, a título personal y sin afán de lucro. Si bien toco varios palos, como aquel que dice, a quien le dedico más tiempo es a Byron por aquello que el trabajo es compartido con otra persona, y éso siempre garantiza un poco más de constancia y regularidad comparado con el trabajo individual.
Pero de lo que quería escribir aquí es de la mitificación y del reduccionismo.
Cuando empecé con Byron, apenas había leído nada suyo (la iniciativa de este trabajo fue de la otra persona). La información que de él tenía se limitaba a lo que había asimilado de fuentes indirectas, ya sea de ensayo como de ficción. Con este material construí al fantasma de Byron. Lo reduje. Y ahora, habiendo compartido su vida (al menos una porción de aquella que consideró oportuna legar en su producción literaria) Byron se presenta como lo que realmente fue. La persona.
¿Mitifiqué al hombre en ese proceso reduccionista? Creo que no, si bien sí que le atribuí cierto halo de autoridad y prestigio a un intelectual que había trabajado con este personaje (omitiré su nombre aquí). Hasta que este finde descubrí un hecho que pone en entredicho toda su valía como traductor así como otras cualidades más directamente referidas a su persona. Ese hecho consiste en atribuirse como propia una traducción realizada por otro autor (autora) cincuenta años atrás. Simplemente no podía créermelo, pero las evidencias eran clarísimas. Y ya véis, el tipo cuenta con una reputación intachable en el mundillo intelectual nacional. Pero lo más interesante, en mi opinión, es ese instante breve en el que me empeñé en negar lo innegable. Es curioso (e inquietante) como puede haber gente así, tan hábil en el uso de caretas, tan ducha en la manipulación de los demás.