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lunes, 1 de febrero de 2010

El Efecto Adelaida. Los Chicos de la Tierra.

Lo reconozco aquí y ahora, y por tanto públicamente: Hace falta muy poco para ilusionarme y hacerme saltar, cual resorte, en un maelstrom de dedicación y actividad. Pero tras leer la declaración de principios del proyecto Alerta Pingüina no puedo sino reconocer que muchos otros, sin duda más reticentes y/o remolones, sucumbirían a sus encantos.
Valga esta diatriba como introducción a este pequeño librito (diminutivo que sólo se le puede aplicar con propiedad a su formato) que ha caído en mis manos y que firman Carlos Pons Olivares, escritor integrante de esta guerrilla urbana cultural pero sin boinas que es Alerta Pingüina, y Alejandro Xamena, que habiéndose encargado del diseño y la maquetación ha obtenido un resultado de lo más "cuco".
El Efecto Adelaida. Los Chicos de la Tierra es la primera parte de una historia serializada que me atrevería a encuadrar dentro del género de la ciencia ficción, y que participa de ese espíritu alegre y comprometido que orienta el proyecto bajo cuya ala se cobija. Un ideario en buena parte revolucionario que persigue la difusión artística y cultural en todas y cada una de sus posibles expresiones, imbuído de un espíritu que casi me atrevería a describir como lúdico y con la voluntad de llegar al mayor número posible de receptores. La calle se convierte, así, en el campo de batalla para estos chicos y chicas que buscan despertar y agitar conciencias a la par que hacer pasar un buen rato a quienquiera que decida prestarles atención.
Los Chicos de la Tierra es el primero de un total de cinco volúmenes que componen la serie y que es de esperar que antes o después vean la luz, aunque sea echando mano de la autoedición como es el caso que nos ocupa.
Hacía tiempo que no disfrutaba tanto leyendo algo, y por disfrutar me refiero a una explosión de carcajadas que amenaza con desencajar tu mandíbula. ¿Acaso reconozco aquí algo así como la mano sutil del novelista fantástico Terry Pratchet a la que se podría añadir unas gotas del humor surrealista del grupo Monty Python? Pero que estas líneas no os lleven a engaño; Carlos Pons tiene un estilo personal propio, simple aunque muy efectivo, que se auna con una historia que atrapa la atención del lector desde la primera página, que se desarrolla a buen ritmo, depara algunas sorpresas y acaba por generar un interés patente que pervive una vez finalizada su lectura. Vamos, que no es moco de pavo.
¿Pero de qué coño va? Um, podría hablaros de paradojas multidimensionales, el descubrimiento de lo que de verdad significa el Amor, una revolución vital en contra de un sistema apático y monocromo, Hombres-Hongo, Bestias maullantes y así un largo etcétera. Apuesto a que os habéis quedado igual. ¿Acaso creíais que os iba a contar algo más? Amos, anda! Pringaos un poco, salid a la calle y buscad una copia, gratuíta para más señas (seguro que este adjetivo os termina de decidiros). Se dice que hay copias repartidas por diversos lugares.. la UIB, Gotham Còmics, Tunnel, el Guirigai... y si la caza y captura de libros no es lo vuestro siempre podéis poneros en contacto con Alerta Pingüina.

martes, 5 de enero de 2010

La espada del destino

Hay momentos en que sucumbes a la debilidad. Te dices, necesito leer algo susceptible de encajar, sin desentonar, en el mobiliario de mi cuarto de baño. Que haga juego con el papel de váter, y que se consuma como tal. Es entonces cuando yo personalmente acudo al género fantástico. Y qué mejor ejemplo que un libro cuya contraportada comience por “La vida de un brujo cazador de monstruos no es fácil”.

Adivino vuestras intenciones. Sí, algun@s de vosotr@s os oléis de qué estoy hablando, y no puedo mentiros, sí, habéis acertado. Voy a hablaros de la saga de Geralt de Rivia. Ése brujo. Pero no os llevéis a engaño, que todavía puedo sorprenderos; tan sólo tened un poco de paciencia y continuad leyendo. O enviadme a tomar por culo. Como gustéis.

Me decía (y decía) yo...Vamos a leer algo insustancial, literatura popular de consumo fácil y rápido olvido. Y como no hacía mucho que había leído con agrado The Last Wish, primer libro de la saga escrita por el polaco Andrzej Sapkowski, se me ocurrió que, por qué no, seguir con el segundo libro podía resolver satisfactoriamente antojo. Lo cual pasaba por acudir a su edición castellana habida la dificultad de conseguir una copia de la inglesa.


La contraportada pintaba bien, y si pasabas por alto las típicas reseñas que alababan su calidad literaria poco habitual en lo que respecta a la norma del género fantástico, el libro prometía lo que, en definitiva, estaba buscando. Oséase, aventuras de capa y espada, y un puntillo de testosterona. No me miréis así, de tanto en tanto es de lo más sano.

Total, que voy picoteando de sus seis narraciones cortas y en menos de una semanita me lo acabo de ventilar. Y me quedo con cara de tonto.Porque no sólo me lo he pasado en grande leyéndolo, sino que no he encontrado prácticamente nada de lo que en principio creí poder encontrar entre sus páginas (y creedme, al final sacudí un poco sus hojas, incrédulo, a ver si la presunta testosterona se había quedado enganchada en algún sitio, pero nah).

¿Por dónde íbamos? Ah, sí.. ¿a qué se debió mi cara de tonto?

A veces una traducción (buena) obra milagros, y La espada del destino es un ejemplo paradigmático. Jose María Faraldo, cuyo nombre, incomprensiblemente, no aparece en la portada del libro, se encarga de adaptar la encomiable labor que realiza Sapkowski a la hora de expresar el lenguaje popular y coloquial polaco (todo ésto según la crítica especializada, no vayáis a creer ahora que conozco este idioma), a la par que refleja una evidente riqueza de vocabulario cuyo resultado nos remite a nuestra propia rica tradición literaria. De hecho uno no puede sino constatar ecos de la literatura picaresca del siglo XVII. Por cierto, ¿alguien tiene un diccionario de castellano a mano? Pero no, no me malinterpretéis. La espada del destino sigue siendo literatura popular, y por tanto su lectura no da lugar a especiales problemas de comprensión, aunque a más de un lector pueda confundir en un principio por lo poco habitual de su propuesta.

Y siguiendo con el lenguaje, Sapkowski revoluciona en este aspecto el género, pues es partidario de utilizar un enfoque actual, directo, que poco o nada tiene que ver con los grandes clásicos; la alusión no es gratuita, habida cuenta que su nombre empieza a ser equiparado a la labor llevada a cabo en los cuarenta del siglo pasado por J.R.R.Tolkien, comparación que en mi opinión sólo se reduce a su magna (tiempo al tiempo) contribución al género. Cierto que leer a Sapkowski pasa por visitar un mundo que, en cierto sentido, recuerda al del Señor de los Anillos (presencia de elfos, enanos y demás mandangas) pero desde mi punto de vista diría que me recuerda mucho más a la Europa del medievo y época moderna, acaso pasándolo por el tamiz de la historia eslava, ámbito del que Sapkowski parece ser todo un entendido y que, dicen por ahí, se pone de manifiesto en una trilogía a caballo entre el género histórico y el fantástico que tiene como escenario las guerras husitas del XV. Por otro lado, la saga de Geralt de Rivia se halla impregnada de un evidente materialismo que se contrapone, abiertamente, al maniqueísmo cristiano de Tolkien y derivados, obsesionados con el sempiterno enfrentamiento entre los conceptos del Bien y del Mal.

Pero dejémonos de comparaciones odiosas que no vienen a cuento de nada y retomemos el hilo de la aquella cara de gilipollas que os decía se dibujó en mi rostro..

Si en The Last Wish Geralt, nuestro “brujo cazador de monstruos” (jojo, no es genial?), apenas era una excusa para presentar una reinterpretación de cuentos de la literatura clásica infantil, en La espada del destino Sapkowski empieza a desarrollar el personaje, aspecto éste que apenas se esbozaba en el primer libro. Geralt sobrepasa así esa faceta de mera espada al servicio del débil (generalmente por un precio) para dejar traslucir los conflictos emocionales (y ocasionalmente, éticos) que no sólo debiera haber dejado atrás, en función de un proceso formativo del que apenas se habla pero que se intuye terrible, sino que le acompañan en todo momento en su vagabundeo. Esa chispa de humanidad que se agita cuando no se revuelve furiosamente en su interior se contrapone a la idea que Geralt tiene de sí mismo, pues se cree diferente respecto a los demás. Motivos no le faltan, pues su aprendizaje le reportó una serie de efectos secundarios necesarios que ponen en evidencia su singularidad, atributos que hasta cierto punto y quizás pecando de exageración podrían ser asimilables a los que podría poseer alguno de los monstruos a los que da caza. Sí, la situación de Geralt no es envidiable, y ante ella pocas salidas caben esperarse siendo acaso la soledad auto-impuesta la más cabal (lo cual no quita que nuestro protagonista disfrute de la compañía ocasional de algún paria de la sociedad, o lo que es lo mismo, el juglar nómada o el elfo condenado a desaparecer en un mundo donde el hombre parece dispuesto a erradicar cualquier forma de vida o costumbre que desafíe su sistema de valores).

Puede dar la impresión que la lectura de esta Espada del destino no es amable. En efecto, la visión que ofrece de Geralt dista mucho de la presentación llevada a cabo en el primer libro, estando esta última teñida por la desesperanza, la nostalgia y la tristeza, centrándose sobre todo en sus aventuras (y sobre todo, desventuras) amorosas, a la par que le sitúa entre las rémoras de un mundo antiguo cuyos días están contados ante el avance imparable de una humanidad que no repara en obstáculo alguno para asegurar su posición preeminente en el esquema natural de las cosas. Y volviendo al tema de los líos de faldas de Geralt, una de las novedades de este libro es la profundidad con que se ahonda en el personaje de Yennefer de Vengenberg, la hechicera en la que Geralt encuentra no sólo un igual sino también un amor que arrastrará inmisericordemente a nuestro brujo, desde la cúspide del éxtasis a insondables simas de locura y desesperación. Pero Yen (provoquémosla usando el diminutivo) no resta como único personaje femenino de peso, a la par que hábil contrapunto a la figura del brujo. Aquí Sapkowski se desvela como un maestro de la caracterización, capaz de conmover al lector con personajes apenas abocetados, tales como la trovadora Essi Daven.

Ahora bien, no sólo de tragedia se alimenta el lector de esta saga, pues la alternancia entre drama y comedia es una constante, y este segundo libro no podía ser una excepción. Fuego eterno, el tercer relato, es un claro ejemplo de ello, y uno de los mejores añadiría (no os extrañéis si no podéis parar de reir al leerlo).

En fin, una excelente y conmovedora continuación para una saga que adquiere consistencia y que deja con ganas de no leer sino devorar el tercer libro, La sangre de los elfos.


Porque hay gente que sí sabe hacer reseñas (y no como el menda). Clicka aquí para satisfacer tu curiosidad o encontrar otro motivo para leer a Sapkowski.


miércoles, 8 de julio de 2009

Hacia rutas salvajes, de Jon Krakauer


Hace un par de años Sean Penn dirigió Into the Wild (Hacia rutas salvajes), una película centrada en la vida y muerte de Christopher Johnson McCandless, un joven de 24 años que, una vez finalizada su carrera universitaria se embarcó en una solitaria aventura recorriendo Estados Unidos haciendo autostop, con su último objetivo puesto en las agrestes tierras de Alaska, donde pretendía sobrevivir sólo con lo que la naturaleza le proveyera.
Cautivado por aquella cinta sobre la que ya expresé alguna que otra opinión en su momento en este mismo blog, me hice con una copia del libro, de homónimo título y escrito por Jon Krakauer, que le sirvió de inspiración.
Hacia rutas salvajes, editado aquí por Ediciones B en su colección Zeta Bolsillo, es un intento de reconstrucción tanto de la figura de Chris como de los motivos que le llevaron a hacer lo que hizo fruto de la documentada investigación de Jon Krakauer, alpinista y colaborador de la revista Outside, en cuyas páginas publicó un reportaje sobre la muerte de Chris al poco de descubrirse su cadáver. Dicho artículo generó una respuesta del público como nunca antes se había visto en la historia de la revista, llegando a la redacción de la publicación numerosas cartas cuyos puntos de vista se movían entre la admiración y la condena.
Jon inmediatamente se sintió identificado con Chris en determinados aspectos de su vida y forma de pensar, hasta el punto de desarrollar una obsesión que le llevó a investigar los pormenores del que había sido su viaje desde el mismo instante en que se graduó en la universidad de Atlanta, en el verano de 1990, y su muerte dos años después por inanición al borde de la Senda de la Estampida, una ruta muy poco frecuentada que serpentea a través de los valles próximos a la Cordillera Exterior de Alaska. De hecho dos de los capítulos del libro narran un acontecimiento de vital importancia para Krakauer que sirve para explicar al lector el origen de su fascinación por McCandless.
El libro parte de los testimonios de las personas con las que Chris trabó amistad en su vagabundeo por diversos estados, así como de su familia, y por lo que a los hechos objetivos en torno a la vida del joven debe decirse que la película es muy fiel a lo que nos cuenta el libro.
De todas formas de la obra de Krakauer se deduce un aspecto de obligada aparición para cualquiera que en un momento u otro haya sentido fascinación o cuanto menos curiosidad por el joven McCandless: ¿A qué obedecía su razón de ser? La pregunta, en sí misma, ya es un síntoma revelador de la racionalidad que envuelve nuestras tristes vidas. ¿Qué lleva a una persona a romper todos sus vínculos familiares y de amistad? ¿Qué encuentra tan fascinante en la Naturaleza como para llevarle a tomar la decisión de echarse a la carretera? ¿Por qué abandonar las comodidades del primer mundo, aunque éstas tan sólo cubran las necesidades básicas? ¿Cómo entender un radicalismo donde hasta el dinero es concebido como un obstáculo que es preciso destruir? ¿Por qué dejar de lado la precaución en una aventura de semejante calibre?
No es de extrañar que a Chris se le tachara de irresponsable, cuando no de loco o suicida, calificativos con los que Jon Krakauer disiente profundamente y que trata de rebatir en su obra a partir de un estudio comparativo con otras figuras similares, ya sea contemporáneas como pasadas, y en el que también tienen cabida argumentos de amplio espectro, ya sea de carácter psicológico como antropológico, abordando de paso la imagen que el norteamericano ha tenido, históricamente, de la frontera. Todo con tal de proporcionar una imagen quizás a más acorde a lo que en verdad debió ser la realidad y que, a mi modo de ver las cosas, se encuentra en gran parte ausente en la película, lo cual explicaría muchas opiniones de espectadores que oí y leí entonces en las que se atacaba el para ellos reprobable proceder de Chris, que no diferían, a grandes rasgos, de las que desencadenó la publicación del reportaje original en la revista Outside.
El libro, por tanto, proporciona una visión de Chris mucho más compleja que la película, no exenta del componente emotivo que ésta tenía (de hecho, en la obra de Krakauer los padres de aquél tienen un mayor protagonismo).
Me atrevo a decir que la lectura de Hacia rutas salvajes es un proceso envuelto en una evidente fatalidad que viene dada al conocer de antemano la muerte del joven McCandless, sensación que es aun más terrible habida cuenta de la excepcional personalidad de la que hacía gala el muchacho.
Una lectura sobre un tema a priori desconcertante que a medida que se desarrolla puede convertirse en apasionante aun en su crudeza. Una mirada al abismo, sobre vuestra cuenta y riesgo.

jueves, 23 de abril de 2009

Funeral vikingo

¡Qué placer! Todo el mundo debería pasar por alguno/s de éstos a lo largo de su vida antes de que nuestras cenizas se las lleve el viento del norte.