domingo 25 de octubre de 2009

Aaarrghh!!! La guía del cine de terror y fantástico que deberías tener..

A veces, de hecho en contadas ocasiones, las cosas salen bien. Ayer por la noche fue un claro ejemplo.
El hecho, la presentación de un libro, escrito por Juan Carlos Ortega, quien regenta la palmesana cervecería Valhalla, y Raúl Toral. Ambos decidieron presentar su criatura, una mastodóntica guía del cine de terror y fantástico bautizada como Aaarrghh!!!, en dicho local, ayer por la noche.


La presentación pronto acabó derivando en una tertulia con la que los asistentes disfrutaron, repleta de anécdotas que dejaron entrever el cariño que los escritores sienten no sólo por un género cinematográfico sino por el medio en sí, desde la perspectiva rayana en lo mágico de la que sólo son capaces las generaciones para las que acudir al cine, aquellas míticas salas que paulatinamente han visto cómo se iban cerrando sus puertas, era todo un ritual y no una mera rutina consumista llevada a cabo en alienantes mega-centros comerciales.
El libro, imprescindible guía para cualquier fan de este género, y creedme cuando os digo que en esta afirmación no asoma gratuidad alguna, aborda cerca de un millar de películas y, a diferencia de otros títulos existentes en el mercado, se reseñan todas ellas, lo cual explica las casi setecientas páginas de las que consta dicho volumen. Otra singular característica que desmarca este libro de otros existentes en el mercado es la aproximación de "fan" que se usa para reseñar cada film, lejos del gafapastismo que se desprende de otras obras, enfoque que no va reñido con una falta de documentación, lo cual resulta en una lectura rigurosa, a la par que amena y divertida (cuando no desternillante).
El cariño por el cine y ,concretamente, por el género de terror, es otro de los alicientes para leer un libro repleto de información que a buen seguro el especialista sabrá apreciar. Y es que detrás de Aaarrgh!!! subyace toda una manera de entender el cine, alejada del efectismo infográfico y la insulsez creativa de hoy en día, y que apuesta por la artesanía y creatividad de unos profesionales injustamente olvidados y que hicieron posible esa magia que nos maravilló como espectadores.
La tirada de Aaarrgh!!! es limitadísima, apenas ochenta copias autoeditadas y cuyo precio, 25 euros, va destinado íntegramente a sufragar los costes de una edición de, como ya se ha dicho, cerca de setecientas páginas, que además incluye numerosas fotografías, tanto en blanco y negro como en color.
Os dejo con el texto de contraportada:

Los autores -que no leyeron El código Da Vinci- nos traen un recorrido por lo más destacado y también lo más casposo del cine de terror y fantástico, desde sus orígenes hasta la actualidad, a lo largo de 950 títulos pertenecientes a una veintena de países.
Unas páginas en las que tienen cabida pollos radiactivos, vampiros travestidos, bebés mutantes, zombies mendigos, dinosaurios de cartón, psicópatas eléctricos, hombres lobo universitarios, musarañas letales, caníbales gallegos, galletas asesinas, aliens calenturientos, espíritus lascivos, hombres pulpo, orgías necrófilas,... y un sinfín de recuerdos para todas esas generaciones que crecieron con este tipo de cine.

lunes 7 de septiembre de 2009

Angouleme y el Hospital de Silent Hill

Ningún fan comiquero hubiera dejado pasar la oportunidad de visitar Angouleme, población francesa que acoge una de las ferias anuales más importantes de la industria. Así que en el largo camino hasta la frontera decidí desviarme un poco del camino y hacer un alto en "Angulema".
Las cosas no empezaron muy bien... El albergue de juventud resultó estar más lejos que lo indicado en la guía oficial de auberges de Francia: de 600 metros a unos 2 kms. Llegar no fue fácil, pues el pequeño mapa de la guía, apenas un boceto, no se correspondía con la realidad. A éso había que sumar que encontré un cartel que, aunque señalando una dirección, había sido doblado por medios manuales para señalar otra, y aunque había aprendido de la experiencia que hay que hacer caso siempre a estas "señales" (nunca mejor dicho), en este caso las obras públicas de verano, de las que Angouleme no se había librado, habían cortado las escaleras que salvaban el río Charente y que llevaban hasta la isla donde se encontraba el albergue (Île de Bourgines), lo cual me obligó a efectuar un rodeo.
Ahora bien, el paraje donde se encontraba el sitio donde todavía no sabía si iba a encontrar cama libre era digno de mención. La isla acogía un parque, así como diversas instalaciones deportivas, entre ellas un centro de piragüismo.
Pero las dificultades no habían acabado: el albergue estaba cerrado cuando debería estar abierto según lo estipulado por la guía, y un letrero escrito a mano decía algo de que ese día la recepción cerraría sus puertas antes de hora. Por otro lado, otro letrero, garabateado, rezaba que el hostal cerraría sus puertas en dos días y por espacio de una semana, lo cual era de lo más extraño, pues generalmente estos centros nunca cierran, salvo acaso uno o dos días al año.
Eché mis mochilas al suelo y me acomodé para pasar la hora y media que restaba hasta que alguien, supuestamente, viniera a abrir. En ese tiempo pasó algo extraño. Una comitiva de coche y dos camiones militares entraron en el parking del albergue y se perdieron en la parte de atrás del edificio. Volverían media hora después, deshaciendo el camino por el que habían venido.


A la hora y cuarto llegó un motorista, que dejó su 125 en la rampa de minusválidos acondicionada para entrar en el edificio, entró su código numérico y desapareció en el interior. Al poco aparecería, cambiado de ropa: camiseta, bermudas vaqueras, sombrero de paja y descalzo. Le acompañaba un viejo labrador cuyos ojos estaban inyectados en sangre y que respondía al nombre de Didí. El tipo afirmaba no hablar ni inglés ni castellano, como que tampoco funcionaba el datáfono para pagar con visa. Aun así el precio del hostal era realmente barato, unos 12 euros por noche, que incluía cama y sábanas en una habitación con espacio para seis personas, lo cual suponía la opción más fácil (y barata) para pernoctar en la "ciudad del cómic". Cuando subí al primer y único piso del hostal no podía creerlo: un pasillo tipo hospital comunicaba todas las habitaciones; apenas había iluminación aquí, y el calor era insoportable. Aquel hostal parecía sacado de Silent Hill. Me pregunté qué aspecto presentaría a la noche, y no pude sino sentirme un poco intranquilo.
Cuando abrí mi habitación (la once, número pintado a lápiz sobre la puerta), creía haberme equivocado, pues lo primero que vi fue una hilera de lavabos con un espejo corrido, ¿me había dado la llave de un baño? Para mi sorpresa era una habitación donde el baño estaba a la entrada. Y la verdad es que no pintaba mal. No habrían barrido en bastante tiempo, pero lo demás era "correcto", y además desde mi ventana se veía (y oía) el río. Deseché todas mis posibles inquietudes y salí a explorar la ciudad.
Angouleme resultó ser una ciudad pequeña, feucha y con pocas cosas que ver donde el cómic parecía ser una mera forma de embellecimiento de fachadas y un reclamo turístico con escasa significación real. No vi ninguna librería especializada, tan sólo una sección, importante para los criterios de aquí, de la librería general de unos grandes almacenes (en los Campos de Marte). Y a las 19:00 el centro de la ciudad se vaciaba por completo de gente, una vez cerraban las tiendas.
A éso de las 21 resolví volver al albergue. Para ello opté por tomar la ruta más corta, que suponía cruzar una zona de suburbios que descendían desde el centro de la urbe hasta el río, y que estaba constituída por almacenes abandonados, fincas clausuradas de sucias fachadas y calles prácticamente desiertas (en veinte minutos sólo me encontré a dos personas, y una de ellas estaba en un balcón).
Île de Bourgines no presentaba un aspecto más halagüeño. Accedí por unas escaleras que bajaban desde el puente de hormigón que usan los coches para pasar de una orilla a otra del río, un lugar perfecto para acoger a una banda callejera. Desde allí pasé al parque, completamente desierto a esas horas. Empezaban a encenderse las farolas del paseo de gravilla que bordea la orilla del río. Y llegué al albergue.
La primera señal invitaba a ser precavidos: la puerta de entrada estaba abierta (a la mierda el teclado digital numérico de seguridad). Tras ella, el espacioso hall, a oscuras, tan sólo iluminado por el resplandor rojizo de una lámparilla de mesa que se entreveía detrás de la ventanilla de recepción, ahora cerrada. La lámpara iluminaba un pequeño espacio circular en cuyo centro reposaba un bote de ketchup. Silencio. El calor seguía siendo insoportable, casi parecía que alguien hubiera conectado la calefacción en pleno verano.


Eché un vistazo a las escaleras. No había interruptor de la luz: se confiaba en la claridad que pasaba a través de las cristaleras de la planta baja. Silencio. Joder, ¿era la única persona que se hospedaba en el hostal? Pensé en la nota que decía que la recepción cerraría antes de hora aquel día.. el dueño debía estar en Angouleme. Mierda. No podía creerlo, parecía encontrarme completamente solo en aquella isla..
El pasillo superior mostraba un aspecto aterrador. No podía dejar de pensar en Silent Hill. Me daba la sensación de que una vez girara las puertas de doble hoja que separaban las secciones del pasillo me encontraría con alguna enfermera sin rostro y un bisturí oxidado en la mano. No tuve esa (mala) suerte. Me recibió un ruido, proveniente de la habitación enfrente de la mía. Me detuve en seco, mientras miraba la puerta. Clack, clack, un seguro descorriéndose. La puerta se abrió, saliendo un hombre en torno a los sesenta que debió creer que yo era otra persona (luego intuí que esperaba encontrar al dueño). Me saludó y volvió a meterse en su habitación. Yo hice lo propio, y para mi sorpresa comprobé que la amplia habitación iba a ser sólo para mí. Vaya sitio extraño..


Algo más tranquilo al saber que había alguien en el edificio fui al baño. El de hombres se encontraba cerrado, así que opté por el de mujeres. La buena noticia es que la luz funcionaba y no tenía una pinta especialmente asquerosa. La mala es que no había papel. De hecho no había papel en todo el edificio. Di gracias a las servilletas de un kiosco-panadería que me dieron con el bocata de la mañana y que había decidido conservar.
Bajé a la planta baja, visitando el comedor, donde se encontraba mi vecino, que había encendido un pequeño televisor. No había sonido. Todo estaba a oscuras. El tipo no me prestó ni tan siquiera una mirada así que, viendo que tenía pocas ganas de hablar, volví al hall, donde me encontré los otros dos huéspedes del hostal, ocupados en buscar al dueño que no aparecía por ningún lado. Cansado del día y de la situación volví a mi habitación, donde acabé asegurando la puerta al desconfiar del seguro. Didí empezó a ladrar entonces, preso como se encontraba en recepción.
Reconozco que me emparanoié un poco los momentos previos a irme a dormir. Estaba especialmente atento a cualquier ruido, por nimio que fuese, y al poco empecé a pensar que sería "divertido" contemplar la posibilidad que, además de las cuatro personas que presuntamente nos hospedábamos allí, cada cama libre estuviera ocupada por algún alma en pena presa en aquel infierno. Esa noche dormí con el cuchillo bien a mano.
Pero poco pude dormir. A las dos horas Didí me despertó. Parecía que estuviera a mi lado, de ahi el sobresalto con el que salí del sueño. Luego comprendí que había salido fuera (o sea, el dueño había regresado) y que se había apostado en el parking, posición desde la que ladraba a cualquier coche que se detuviera en las proximidades. Didí resultó ser un perro muy celoso, y comprendí que a la mañana siguiente me las tendría que ver con él.
Y así fue. Nada más abrir la puerta a las 6:30 Didí apareció fuera y al poco empezó a ladrar. Pero eché a andar, rehuyendo su mirada. Cuando creía que me había librado de él cometí el error de girarme y comprobé que estaba allí, a medio metro de mi espalda. Didí me siguió, ladrando de tanto en tanto, hasta la vía que salvaba el Charente, momento en que decidí que ya había ido demasiado lejos y me enfrenté a él. Sorprendentemente me hizo caso a mi primera orden, y a la segunda ya estaba desandando el camino en dirección al hostal. ¡Didí sabía catalán! Me había seguido por espacio de unos 400 metros...

sábado 29 de agosto de 2009

Salem's Lot (Phantasma II)



Tobe Hooper, director de la mítica La matanza de Texas, rodó en 1979 Salem's Lot, miniserie para televisión que aquí conoceríamos como Phantasma II (sí, no podría ser más absurdo), y que adaptaba una de las novelas más famosas de Stephen King, uno de los autores que posiblemente más obras suyas ha visto llevadas a la pequeña o a la gran pantalla, con una suerte de lo más variopinta.
En este caso Hooper tenía un presupuesto de lo más modesto para ponerse manos a la obra con una aparente historia de vampiros que, como buen best-seller del escritor nacido en Maine, aprovecha para diseccionar la sociedad norteamericana de la época, centrándose en las pequeñas miserias propias de las gentes que habitan un pueblecito. Y la verdad, con el ahorro de medios que Hooper contaba para esta miniserie para televisión he de decir que el resultado es más que digno: La ambientación recibe una especial atención como elemento que pone al espectador en tensión, y en este sentido es bastante fiel al original, al tiempo que algunas escenas preparan el terreno a la que sería otra conocida película de Hooper, Poltergeist. Todo conseguido con efectos chapuceros (aunque dignos de elogio en tanto que artesanales) pero que saben captar a la perfección una aureola de carácter mágico que es más propia del clasicismo de antaño que de estos tiempos donde el posmodernismo campa a sus anchas. Pátina mágica que indiscutiblemente ha de ponerse en relación con la percepción propia de la infancia y que es una constante en la obra de Stephen King.
Además, debe reconocerse que cuenta con algunas escenas francamente memorables que deberían pasar a ser recordadas dentro de la mejor tradición del cine de terror. Como también cuenta con algunos hallazgos iconográficos dentro del cine de vampiros, como la caracterización del "nido" del sire: lejos del típico ataúd que popularizó la Hammer, los "niños" creados por el maestro duermen junto a él distribuyéndose sin orden ni concierto por el suelo de una inmunda cámara.
Estoy enamorao de esos ojillos y esos piñacos

Por supuesto, Salem's Lot no salió de la nada, y en ella percibimos la influencia de otras obras, como The Haunting of Hill House, no sólo en el original sino en su versión televisiva. Como también Nosferatu es un referente ineludible. Como también marcaría a films posteriores, como esa divertida gamberrada de los ochenta que es Fright Night (la escena final es un calco pasado por el tamiz del cine palomitero para adolescentes de la época).
En definitiva, una de las mejores adaptaciones para la pequeña pantalla de una obra de King, ¡con treinta años ya de antigüedad!

domingo 2 de agosto de 2009

Arrástrame al infierno, de Sam Raimi


Arrástrame al infierno podría ser un buen film de ¿terror? (llamémoslo así a falta de mejor nombre) en tanto que da lo que promete, diversión a raudales y sustos a mansalva.
Ahora bien, el conjunto recuerda, a pesar de contar con un generoso presupuesto, a un episodio más de Masters of Horror o de la previa Tales from the Crypt, aun con el sello genuino de este director, que como ya sabréis se hizo conocido con su saga Evil Dead. Y es precisamente Posesión infernal uno de los referentes indiscutibles de su recién estrenado film. Así pues Raimi vuelve, 28 años después, a sus orígenes, aunque perdiendo parte del genio con que nos sorprendió con aquella película. Porque Arrástrame al infierno carece de ese tono terrorífico a la par que angustioso que en Evil Dead se aunaba con humor, para constituir mera diversión, fruto de un "terror" gamberro, escatológico y gratuito, que se podría poner quizás en relación con Atrápame esos fantasmas de Peter Jackson.
Un manifiesto problema de la cinta es la previsibilidad de su desenlace, que viene a definir un guión simple que, sin embargo, cuenta con una protagonista atractiva en tanto que escapa un poco a los patrones habituales en el género. Otro aspecto poco corriente en este tipo de cine que presenta la película es un componente de comedia romántica intrascendente, algo que parece ser más bien un reclamo para determinado tipo de público que constituir una pieza indisoluble de un argumento que, por otro lado, toca temas como la ambición, la culpa o los traumas ligados a una adolescencia poco afortunada, si bien sólo de una forma anecdótica.
En definitiva, una peli divertida, con una pátina de falsa significación que busca acaso enmascarar una historia simple que peca de previsibilidad, una receta idónea para el verano y que se olvida tan pronto como se sale del cine. Y si sóis fans de Raimi, desengañaos, aquí no encontraréis una nueva Evil Dead que pueda recordarse de aquí a veinte años, sino tan sólo una peli menor de este director.

viernes 17 de julio de 2009

Harry Potter y el misterio del príncipe (reseña relámpago)

¿Para qué llamarla así cuando la historia que justifica el título apenas queda abocetada? Vale que es muy divertido ver los resultados de unas hormonas adolescentes desbocadas, ¿pero y todo lo demás?
Buen comienzo, correcto desarrollo y desastroso desenlace para una película que, aunque posea una excelente ambientación (aunque yo me pregunto si éste es el mismo Hogwarts de entregas anteriores) peca, además de lo indicado, de un ritmo inadecuado hasta el punto de desconocer el significado de la palabra "clímax", al tiempo que descuida la caracterización de los personajes.
Por lo que respecta al libro, éste ha visto suprimidas varias escenas y detalles importantes y se ha traicionado, cuanto menos un poco, su coherencia interna.

miércoles 15 de julio de 2009

Northern Lights (La brújula dorada), de Philip Pullman


Vale, resulta que la trilogía fantástica de Philip Pullman que responde al título de His Dark Materials (cuya primera entrega es precisamente el libro que me propongo reseñar aquí) quedó en tercer lugar en una encuesta de la BBC que tenía como objetivo averiguar cuál era el libro favorito del Reino Unido; el año, 2003. Dos años después Phillip Pulman recibía el Astrid Lindgren Memorial Award, uno de los premios de mayor fama mundial por lo que se refiere a literatura infantil.
Por otro lado, en 2008 pudimos ver la adaptación de este libro en pantalla grande, con el título de The Golden Compass (La brújula dorada), película que cuenta con la participación de dos pesos pesados de la actual industria cinematográfica estadounidense, Nicole Kidman y Daniel Craig, y cuyo estreno propició cierta polémica instigada por miembros pertenecientes a círculos de inspiración cristiana que condenaban la figura y obra del literato inglés.


Valga esta introducción como explicación parcial de los motivos que me llevaron a adquirir esta novela en un aeropuerto de Londres. No hacía mucho que había visto la película, de la que reconozco que tan sólo me sedujo su ambientación, y me pareció que ya era hora de leer algo de un autor cuyo nombre aparece constantemente en las listas de “imprescindibles” de la literatura fantástica.
Así que creía que tenía ante mí un libro (más) dirigido a un público adolescente: Estaba equivocado.

Northern Lights acontece en un mundo que recuerda bastante al que refleja cualquier volumen de Historia que retrate el ocaso de la época victoriana y los principios del siglo XX, abarcando quizás hasta el estallido de la primera guerra mundial. Y qué mejor como muestra que un botón: La primera de las tres partes que componen esta novela recibe el título de “Oxford”, lugar donde está emplazado el College donde vive Lyra, la niña protagonista de la historia.
Ahora bien, el universo de la novela es, ante todo, fantástico, carácter que queda claro, ya desde la primera página, al presentarnos a Lyra y a su “daemon” (pronúnciese “demon”), Pantalaimon, un ser capaz de asumir diversas formas animales y con el que se encuentra íntimamente ligada. Pero Lyra no es, a este respecto, un ser excepcional, ya que (casi) todos los seres humanos presentan esta singular característica: hombre (o mujer) y daemon forman un único ser; nadie puede separarse definitivamente de su daemon por propia voluntad (de hecho, la separación física, reducida a unos pocos metros, causa una angustia insoportable).
Pero existen otros elementos que avalan la naturaleza fantástica de la obra: La simultaneidad de mundos paralelos, una hipótesis científica que atenta contra el dogma de una Iglesia con amplias cuotas de poder e influencia; relacionado con este concepto se encuentra otro, el del “Polvo”, una misteriosa partícula elemental en torno a la que gira gran parte de la historia, y que es temida por el estamento eclesiástico, que la equipara al concepto de pecado original; las brujas, seres inmortales que se agrupan en clanes y que poco o nada tienen que ver con el mundo civilizado; los “panserbjornes”, u osos (polares) acorazados, constituídos en una sociedad hermética donde la fuerza y el honor son valores de probada valía.
Aparte de estos elementos, el universo de Northern Lights contempla la magia y lo sobrenatural, aunque apenas tienen un papel en la historia y, cuando surgen, a menudo detrás de ellos se encuentra una explicación de carácter pseudociéntifico (por ejemplo, la existencia del “Polvo” sirve para entender cómo funcionan algunos artilugios).

El argumento de Northern Lights gira en torno a una búsqueda que se desarrolla a varios niveles y que lleva a cabo la joven Lyra, proceso en el que irá descubriendo en qué consiste, a fin de cuentas, este gran y apasionante misterio que es la vida.
Lyra se embarca en una gran aventura por amistad y amor, valores que desempeñan un protagonismo indiscutible en la obra y cuya mera alusión podría servir para desmontar muchas de las críticas que pueden leerse en internet y a las que ya he aludido al comienzo de esta reseña. Por supuesto Lyra fracasaría en sus objetivos de no ser por su inteligencia, así como por un individualismo e independencia que irá gradualmente descubriendo a lo largo del camino.
Posiblemente aquí reside el quid de la cuestión y la base para las críticas que le han llovido a Pullman, ateo reconocido, pues ese individualismo sólo parece admitir la idea del hombre (y la mujer) en el esquema de las cosas. Añadamos, además, que la Iglesia que presenta en su relato (recordemos, fantástico), se acomode más a la de la Inquisición española que a la del anglicanismo del XIX. O que se aluda a la falsedad de sus principios TEOLÓGICOS. No es de extrañar, pues, el “revuelo” creado por un puñado de fanáticos que han llegado a calificar a Pullman como un “Anticristo” más (sin reparar en lo poco apropiado del término usado).
Pero volvamos a Lyra y a su periplo vital en pos de la adquisición (o entrada) del status de adulto. Ésta es, precisamente, una idea importante a la que se ha referido el propio autor en alguna entrevista, al señalar que lo que todo niño quiere es, después de todo, hacerse mayor. Un proceso que no es fácil, por supuesto, y que queda perfectamente reflejado en la historia que se nos cuenta: Lyra, huérfana de padre y madre, abandona la seguridad del College, proporcionada por el director de la institución y toda una serie de intelectuales (repárese en la naturaleza masculina de estos personajes, acorde al espíritu y sociedad victorianas), para embarcarse en una aventura incierta, en cuyo transcurso aprenderá lo injusta que es la vida, en especial para los niños. Y es que el abuso del menor es uno de los puntos más oscuros y al mismo tiempo importantes de Northern Lights, que se manifiesta a varios niveles, desde el maltrato psicológico hasta abominables experimentos que recuerdan a los llevados a cabo por el régimen nazi.
Podríamos quedarnos aquí en lo que a variedad temática se refiere, pero lo cierto es que Pullman toca otros, de forma tangencial y secundaria. Y ha de reconocerse que no son precisamente frívolos o insustanciales: El clásico debate entre destino y libre albedrío, o la defensa de la naturaleza auténtica del individuo son ejemplos de ello.

Sirvan todas estas consideraciones para afirmar que la novela se desmarca de otros ejemplos de "literatura juvenil" (Narnia, Crónicas de Spiderwick, Harry Potter) que, curiosa coincidencia, también han sido llevados a la gran pantalla recientemente. Northern Lights huye del mero afán de evasión que suele atribuírsele, generalmente, al género fantástico, para explorar (y explicar) ámbitos propios de la persona y del mundo con los que aquélla tiene que lidiar diariamente, desde un punto de vista, parcial por supuesto pero que denota una profunda convicción ideológica, de arraigada base humanista.

Llegados a este punto de la lectura (si es que habéis aguantado) quizás os preguntéis.. ¿Pero está bien el maldito libro o qué? Pues…
Pullman demuestra que sabe narrar, manteniendo un ritmo que atrapa al lector desde el principio de la historia y que se cimenta en una ambientación original, incógnitas que progresivamente se van desvelando y personajes carismáticos, algunos de los cuales, además, se alejan poderosamente de las convenciones del género.
Precisamente en lo que respecta a este último punto, he de admitir que me ha sorprendido gratamente la protagonista, Lyra, habida cuenta de la impresión negativa que me suscitó su personaje en la adaptación cinematográfica. Como también son de obligada mención el lacónico Iorek Byrnison, un oso acorazado, caído en desgracia tras ser condenado al ostracismo, y que acaba ayudando a Lyra en su búsqueda; o el severo y enigmático Lord Asriel, tío de la pequeña.
Se le ha criticado a Pullman que a menudo tan sólo aboceta a sus personajes, sentencia que tan sólo puede aplicarse a los secundarios y, desde mi punto de vista, aun con ellos juega el autor con estereotipos que les confieren un carácter y una fuerza ausentes en otros autores.
En el aspecto “negativo” he de admitir que no me han acabado de gustar algunos recursos que utiliza Pullman al contar la historia y que parece sacarse de la manga, ya que en alguna que otra ocasión resultan forzados y socavan la coherencia de la trama aunque sea a favor del componente dramático y/o expresivo.



En definitiva, un inicio brillante para una saga que se entrevé dotada de un carácter épico indiscutible; un libro que se desmarca de la evasión pura que viene siendo habitualmente atribuida a un por ello maltratado género fantástico, para incorporar una dimensión que busca explicar el mundo en el que vivimos y aportar acaso una justificación moral de carácter humanista; una novela emocionante, al tiempo que emotiva, divertida y cruda, abierta a numerosas lecturas y que captura con acierto el paso de la infancia a la adolescencia, momento en el que, de forma repentina, la vida pasa a representar todo un desafío lleno de contradicciones.

Para saber más:

-Philip Pullman, página oficial.
-La película se toma muchas licencias respecto al libro, a pesar de que sigue con bastante fidelidad la historia original durante una parte importante del metraje. De hecho altera el orden de la estructura del libro y suprime el desenlace. Por no hablar del enfoque más infantil por el que optó la película. Lo cierto es que la cinta fue un fiasco comercial y no es de esperar que se rueden las secuelas.

miércoles 8 de julio de 2009

Hacia rutas salvajes, de Jon Krakauer


Hace un par de años Sean Penn dirigió Into the Wild (Hacia rutas salvajes), una película centrada en la vida y muerte de Christopher Johnson McCandless, un joven de 24 años que, una vez finalizada su carrera universitaria se embarcó en una solitaria aventura recorriendo Estados Unidos haciendo autostop, con su último objetivo puesto en las agrestes tierras de Alaska, donde pretendía sobrevivir sólo con lo que la naturaleza le proveyera.
Cautivado por aquella cinta sobre la que ya expresé alguna que otra opinión en su momento en este mismo blog, me hice con una copia del libro, de homónimo título y escrito por Jon Krakauer, que le sirvió de inspiración.
Hacia rutas salvajes, editado aquí por Ediciones B en su colección Zeta Bolsillo, es un intento de reconstrucción tanto de la figura de Chris como de los motivos que le llevaron a hacer lo que hizo fruto de la documentada investigación de Jon Krakauer, alpinista y colaborador de la revista Outside, en cuyas páginas publicó un reportaje sobre la muerte de Chris al poco de descubrirse su cadáver. Dicho artículo generó una respuesta del público como nunca antes se había visto en la historia de la revista, llegando a la redacción de la publicación numerosas cartas cuyos puntos de vista se movían entre la admiración y la condena.
Jon inmediatamente se sintió identificado con Chris en determinados aspectos de su vida y forma de pensar, hasta el punto de desarrollar una obsesión que le llevó a investigar los pormenores del que había sido su viaje desde el mismo instante en que se graduó en la universidad de Atlanta, en el verano de 1990, y su muerte dos años después por inanición al borde de la Senda de la Estampida, una ruta muy poco frecuentada que serpentea a través de los valles próximos a la Cordillera Exterior de Alaska. De hecho dos de los capítulos del libro narran un acontecimiento de vital importancia para Krakauer que sirve para explicar al lector el origen de su fascinación por McCandless.
El libro parte de los testimonios de las personas con las que Chris trabó amistad en su vagabundeo por diversos estados, así como de su familia, y por lo que a los hechos objetivos en torno a la vida del joven debe decirse que la película es muy fiel a lo que nos cuenta el libro.
De todas formas de la obra de Krakauer se deduce un aspecto de obligada aparición para cualquiera que en un momento u otro haya sentido fascinación o cuanto menos curiosidad por el joven McCandless: ¿A qué obedecía su razón de ser? La pregunta, en sí misma, ya es un síntoma revelador de la racionalidad que envuelve nuestras tristes vidas. ¿Qué lleva a una persona a romper todos sus vínculos familiares y de amistad? ¿Qué encuentra tan fascinante en la Naturaleza como para llevarle a tomar la decisión de echarse a la carretera? ¿Por qué abandonar las comodidades del primer mundo, aunque éstas tan sólo cubran las necesidades básicas? ¿Cómo entender un radicalismo donde hasta el dinero es concebido como un obstáculo que es preciso destruir? ¿Por qué dejar de lado la precaución en una aventura de semejante calibre?
No es de extrañar que a Chris se le tachara de irresponsable, cuando no de loco o suicida, calificativos con los que Jon Krakauer disiente profundamente y que trata de rebatir en su obra a partir de un estudio comparativo con otras figuras similares, ya sea contemporáneas como pasadas, y en el que también tienen cabida argumentos de amplio espectro, ya sea de carácter psicológico como antropológico, abordando de paso la imagen que el norteamericano ha tenido, históricamente, de la frontera. Todo con tal de proporcionar una imagen quizás a más acorde a lo que en verdad debió ser la realidad y que, a mi modo de ver las cosas, se encuentra en gran parte ausente en la película, lo cual explicaría muchas opiniones de espectadores que oí y leí entonces en las que se atacaba el para ellos reprobable proceder de Chris, que no diferían, a grandes rasgos, de las que desencadenó la publicación del reportaje original en la revista Outside.
El libro, por tanto, proporciona una visión de Chris mucho más compleja que la película, no exenta del componente emotivo que ésta tenía (de hecho, en la obra de Krakauer los padres de aquél tienen un mayor protagonismo).
Me atrevo a decir que la lectura de Hacia rutas salvajes es un proceso envuelto en una evidente fatalidad que viene dada al conocer de antemano la muerte del joven McCandless, sensación que es aun más terrible habida cuenta de la excepcional personalidad de la que hacía gala el muchacho.
Una lectura sobre un tema a priori desconcertante que a medida que se desarrolla puede convertirse en apasionante aun en su crudeza. Una mirada al abismo, sobre vuestra cuenta y riesgo.