lunes, 7 de septiembre de 2009

Angouleme y el Hospital de Silent Hill

Ningún fan comiquero hubiera dejado pasar la oportunidad de visitar Angouleme, población francesa que acoge una de las ferias anuales más importantes de la industria. Así que en el largo camino hasta la frontera decidí desviarme un poco del camino y hacer un alto en "Angulema".
Las cosas no empezaron muy bien... El albergue de juventud resultó estar más lejos que lo indicado en la guía oficial de auberges de Francia: de 600 metros a unos 2 kms. Llegar no fue fácil, pues el pequeño mapa de la guía, apenas un boceto, no se correspondía con la realidad. A éso había que sumar que encontré un cartel que, aunque señalando una dirección, había sido doblado por medios manuales para señalar otra, y aunque había aprendido de la experiencia que hay que hacer caso siempre a estas "señales" (nunca mejor dicho), en este caso las obras públicas de verano, de las que Angouleme no se había librado, habían cortado las escaleras que salvaban el río Charente y que llevaban hasta la isla donde se encontraba el albergue (Île de Bourgines), lo cual me obligó a efectuar un rodeo.
Ahora bien, el paraje donde se encontraba el sitio donde todavía no sabía si iba a encontrar cama libre era digno de mención. La isla acogía un parque, así como diversas instalaciones deportivas, entre ellas un centro de piragüismo.
Pero las dificultades no habían acabado: el albergue estaba cerrado cuando debería estar abierto según lo estipulado por la guía, y un letrero escrito a mano decía algo de que ese día la recepción cerraría sus puertas antes de hora. Por otro lado, otro letrero, garabateado, rezaba que el hostal cerraría sus puertas en dos días y por espacio de una semana, lo cual era de lo más extraño, pues generalmente estos centros nunca cierran, salvo acaso uno o dos días al año.
Eché mis mochilas al suelo y me acomodé para pasar la hora y media que restaba hasta que alguien, supuestamente, viniera a abrir. En ese tiempo pasó algo extraño. Una comitiva de coche y dos camiones militares entraron en el parking del albergue y se perdieron en la parte de atrás del edificio. Volverían media hora después, deshaciendo el camino por el que habían venido.


A la hora y cuarto llegó un motorista, que dejó su 125 en la rampa de minusválidos acondicionada para entrar en el edificio, entró su código numérico y desapareció en el interior. Al poco aparecería, cambiado de ropa: camiseta, bermudas vaqueras, sombrero de paja y descalzo. Le acompañaba un viejo labrador cuyos ojos estaban inyectados en sangre y que respondía al nombre de Didí. El tipo afirmaba no hablar ni inglés ni castellano, como que tampoco funcionaba el datáfono para pagar con visa. Aun así el precio del hostal era realmente barato, unos 12 euros por noche, que incluía cama y sábanas en una habitación con espacio para seis personas, lo cual suponía la opción más fácil (y barata) para pernoctar en la "ciudad del cómic". Cuando subí al primer y único piso del hostal no podía creerlo: un pasillo tipo hospital comunicaba todas las habitaciones; apenas había iluminación aquí, y el calor era insoportable. Aquel hostal parecía sacado de Silent Hill. Me pregunté qué aspecto presentaría a la noche, y no pude sino sentirme un poco intranquilo.
Cuando abrí mi habitación (la once, número pintado a lápiz sobre la puerta), creía haberme equivocado, pues lo primero que vi fue una hilera de lavabos con un espejo corrido, ¿me había dado la llave de un baño? Para mi sorpresa era una habitación donde el baño estaba a la entrada. Y la verdad es que no pintaba mal. No habrían barrido en bastante tiempo, pero lo demás era "correcto", y además desde mi ventana se veía (y oía) el río. Deseché todas mis posibles inquietudes y salí a explorar la ciudad.
Angouleme resultó ser una ciudad pequeña, feucha y con pocas cosas que ver donde el cómic parecía ser una mera forma de embellecimiento de fachadas y un reclamo turístico con escasa significación real. No vi ninguna librería especializada, tan sólo una sección, importante para los criterios de aquí, de la librería general de unos grandes almacenes (en los Campos de Marte). Y a las 19:00 el centro de la ciudad se vaciaba por completo de gente, una vez cerraban las tiendas.
A éso de las 21 resolví volver al albergue. Para ello opté por tomar la ruta más corta, que suponía cruzar una zona de suburbios que descendían desde el centro de la urbe hasta el río, y que estaba constituída por almacenes abandonados, fincas clausuradas de sucias fachadas y calles prácticamente desiertas (en veinte minutos sólo me encontré a dos personas, y una de ellas estaba en un balcón).
Île de Bourgines no presentaba un aspecto más halagüeño. Accedí por unas escaleras que bajaban desde el puente de hormigón que usan los coches para pasar de una orilla a otra del río, un lugar perfecto para acoger a una banda callejera. Desde allí pasé al parque, completamente desierto a esas horas. Empezaban a encenderse las farolas del paseo de gravilla que bordea la orilla del río. Y llegué al albergue.
La primera señal invitaba a ser precavidos: la puerta de entrada estaba abierta (a la mierda el teclado digital numérico de seguridad). Tras ella, el espacioso hall, a oscuras, tan sólo iluminado por el resplandor rojizo de una lámparilla de mesa que se entreveía detrás de la ventanilla de recepción, ahora cerrada. La lámpara iluminaba un pequeño espacio circular en cuyo centro reposaba un bote de ketchup. Silencio. El calor seguía siendo insoportable, casi parecía que alguien hubiera conectado la calefacción en pleno verano.


Eché un vistazo a las escaleras. No había interruptor de la luz: se confiaba en la claridad que pasaba a través de las cristaleras de la planta baja. Silencio. Joder, ¿era la única persona que se hospedaba en el hostal? Pensé en la nota que decía que la recepción cerraría antes de hora aquel día.. el dueño debía estar en Angouleme. Mierda. No podía creerlo, parecía encontrarme completamente solo en aquella isla..
El pasillo superior mostraba un aspecto aterrador. No podía dejar de pensar en Silent Hill. Me daba la sensación de que una vez girara las puertas de doble hoja que separaban las secciones del pasillo me encontraría con alguna enfermera sin rostro y un bisturí oxidado en la mano. No tuve esa (mala) suerte. Me recibió un ruido, proveniente de la habitación enfrente de la mía. Me detuve en seco, mientras miraba la puerta. Clack, clack, un seguro descorriéndose. La puerta se abrió, saliendo un hombre en torno a los sesenta que debió creer que yo era otra persona (luego intuí que esperaba encontrar al dueño). Me saludó y volvió a meterse en su habitación. Yo hice lo propio, y para mi sorpresa comprobé que la amplia habitación iba a ser sólo para mí. Vaya sitio extraño..


Algo más tranquilo al saber que había alguien en el edificio fui al baño. El de hombres se encontraba cerrado, así que opté por el de mujeres. La buena noticia es que la luz funcionaba y no tenía una pinta especialmente asquerosa. La mala es que no había papel. De hecho no había papel en todo el edificio. Di gracias a las servilletas de un kiosco-panadería que me dieron con el bocata de la mañana y que había decidido conservar.
Bajé a la planta baja, visitando el comedor, donde se encontraba mi vecino, que había encendido un pequeño televisor. No había sonido. Todo estaba a oscuras. El tipo no me prestó ni tan siquiera una mirada así que, viendo que tenía pocas ganas de hablar, volví al hall, donde me encontré los otros dos huéspedes del hostal, ocupados en buscar al dueño que no aparecía por ningún lado. Cansado del día y de la situación volví a mi habitación, donde acabé asegurando la puerta al desconfiar del seguro. Didí empezó a ladrar entonces, preso como se encontraba en recepción.
Reconozco que me emparanoié un poco los momentos previos a irme a dormir. Estaba especialmente atento a cualquier ruido, por nimio que fuese, y al poco empecé a pensar que sería "divertido" contemplar la posibilidad que, además de las cuatro personas que presuntamente nos hospedábamos allí, cada cama libre estuviera ocupada por algún alma en pena presa en aquel infierno. Esa noche dormí con el cuchillo bien a mano.
Pero poco pude dormir. A las dos horas Didí me despertó. Parecía que estuviera a mi lado, de ahi el sobresalto con el que salí del sueño. Luego comprendí que había salido fuera (o sea, el dueño había regresado) y que se había apostado en el parking, posición desde la que ladraba a cualquier coche que se detuviera en las proximidades. Didí resultó ser un perro muy celoso, y comprendí que a la mañana siguiente me las tendría que ver con él.
Y así fue. Nada más abrir la puerta a las 6:30 Didí apareció fuera y al poco empezó a ladrar. Pero eché a andar, rehuyendo su mirada. Cuando creía que me había librado de él cometí el error de girarme y comprobé que estaba allí, a medio metro de mi espalda. Didí me siguió, ladrando de tanto en tanto, hasta la vía que salvaba el Charente, momento en que decidí que ya había ido demasiado lejos y me enfrenté a él. Sorprendentemente me hizo caso a mi primera orden, y a la segunda ya estaba desandando el camino en dirección al hostal. ¡Didí sabía catalán! Me había seguido por espacio de unos 400 metros...

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